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¿Qué es un sistema?

Un sistema es una colección de cosas interconectadas de tal manera que producen un comportamiento identificable.

De esa definición se extrae que un sistema debe consistir de: elementos, interconexiones y un propósito.

Por ejemplo, tu sistema digestivo consta de dientes, enzimas, estómago e intestinos. Esos elementos están interrelacionados a través del flujo físico de comida y a través de un elegante conjunto de señales químicas. Su propósito es reducir la comida a nutrientes básicos y transferir esos nutrientes al torrente sanguíneo.

En ultima instancia, un sistema es un modelo, un intento de representar la realidad. Y como todos los modelos es, por supuesto, un intento fallido. La realidad es demasiado compleja para representarla completamente. Los humanos sólo podemos abarcar un número determinado de relaciones, un número máximo de niveles anidados. Las separaciones que utilizamos para delimitar sistemas son totalmente subjetivas, borrosas. La realidad es toda un gran sistema, infragmentable. ¿Qué frontera clara hay entre el sistema digestivo y el endocrino? ¿Dónde acaba uno y empieza otro? Eso no quiere decir que nuestros modelos no funcionen, sí que lo hacen, tienen una relación bastante exacta con la realidad, por eso hemos prosperado como especie. Están, simplemente, incompletos, y ésta es la causa de que los sistemas nunca dejan de sorprendernos.

Nuestro conocimiento actual del mundo es impresionante, nuestra ignorancia todavía más.

El primer requisito a la hora de diseñar y observar sistemas es reconocer las limitaciones del pensamiento sistémico. Eso no lo hace menos efectivo. Asumir que no podemos conocer todo nos empuja hacia ese estado mental de humildad que puede llevarnos, con suerte, a conocer algo.

Supongo que es ese miedo a lo desconocido el que nos ha llevado al triunfo del reduccionismo. Actualmente nos esforzamos por entender el mundo reduciéndolo a la mas mínima parte comprensible, diseccionándolo, usando nuestra capacidad racional, trazando lineas desde causa a efecto, resolviendo problemas por medio del control. Luego, tratamos de reconstruir la realidad uniendo esas piezas sin vida, que no cuadran. Nos centramos en lo minúsculo y olvidamos el todo, como si miráramos todo el día a través de un microscopio.

El pensamiento sistémico nos ayuda a ampliar nuestra perspectiva.

El método reduccionista y el del pensamiento sistémico son dos métodos, dos formas de ver el mundo, dos lentes, ambas con distintos grados de enfoque. Quizá usemos demasiado la primera y necesitemos más la segunda. Yo así lo creo.

Busca un propósito

Sustituye un elemento de un sistema por otro y es probable que nada drástico ocurra. Modifica una relación y el sistema cambiará algo, pero no su esencia. Ahora, restablece el propósito de un sistema y el sistema se convertirá en otro distinto.

Es curioso que algo tan escurridizo sea tan importante, y es que, en ocasiones, encontrar el objetivo de un sistema es tremendamente complicado. Puede que el objetivo nos parezca inverosímil, puede que un sistema se dirija hacia más de un objetivo; puede, incluso, que posea varios objetivos encontrados.

Cuando estudiamos un sistema, lo más efectivo para encontrar su propósito es observar atentamente, por un largo periodo de tiempo. Ver hacia donde se dirige, evaluar estadísticas, comportamientos, tendencias, resultados. ¿Cuál es el objetivo de un país? ¿Y el de un proyecto de permacultura?

A la hora de diseñar un sistema debemos ser extremadamente cuidadosos definiendo el propósito. Y, sobre todo, definiendo el parámetro que vamos a utilizar para medir el éxito de dicho propósito, porque, como ocurre con el genio de la lámpara, un sistema te concede exactamente lo que le pides. Hay que ser cauto con lo que deseas.

Por ejemplo, si deseamos más seguridad nacional y definimos seguridad nacional como gasto en defensa, el sistema producirá más gasto en defensa, más tanques, más armas, más ejercito, lo que no tiene porque llevar a más seguridad nacional, y puede llevar a lo contrario.

Si deseamos una buena educación y medimos buena educación por lo bien que los estudiantes realizan tests estandarizados, como por ejemplo la selectividad, el sistema producirá estudiantes que son buenos pasando la selectividad, no más cultos o mejor educados.

Confunde esfuerzo con resultado y acabarás con un sistema que produce esfuerzo, no resultado.

Normalmente en permacultura deseamos, en cualquier sistema, abundancia. Mayor crecimiento. Más fruta, más huevos, queremos que un sistema produzca el máximo posible. Pero cuidado, si el objetivo de nuestras gallinas fuera producir el mayor número de huevos, no tardaríamos mucho en encerrar a las gallinas en cajas, darles hormonas y antibióticos y modificar su ciclo de luz. Un mejor objetivo sería producir unas gallinas lo más felices posibles. Las gallinas sanas y felices ponen huevos, es intrínseco a ellas, de eso no tenemos que preocuparnos. El problema es lo difícil que es medir la felicidad, lo que nos lleva a un buen principio a la hora de diseñar sistemas.

Presta atención a lo que es importante, no sólo a lo que es cuantificable.

Nuestra cultura, obsesionada con los números, nos ha impregnado con la idea de que lo que podemos medir es más importante de lo que no podemos medir. Pensad un momento en esto. Eso significa que la cantidad es más importante que la calidad. Si los objetivos del sistema son producir cantidad, todo él se centrará en producir más, despreciando el resto de factores. Deberíamos pararnos un segundo y pensar si lo que de verdad importa es producir todavía más cosas, o el cómo se producen.

Diseña para el bienestar de la totalidad.

No se puede diseñar un sistema sin pensar en todos sus elementos, ni diseñar un sistema jerárquicamente superior sin pensar en todos los sistemas inferiores. No maximices partes del sistema o subsistemas ignorando el resto. Aspira a aumentar un conjunto amplio de variables como crecimiento, estabilidad, diversidad, resiliencia y sostenibilidad, incluso aunque no sean sencillas de medir.

Producción vs Resiliencia

Resiliencia: Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.

Definición de la Rae

El cuerpo humano es un asombroso ejemplo de sistema resiliente. Puede defenderse contra miles de diferentes tipos de invasores, tolerar grandes rangos de temperatura y variaciones en el suministro de comida, reparar desgarros, acelerar o reducir el metabolismo y compensar en cierta medida partes defectuosas o perdidas. Añade a eso una inteligencia autoorganizada que puede aprender, socializarse, diseñar tecnologías, incluso trasplantar partes del cuerpo y ahí tienes un formidable sistema resiliente. Pero no de manera infinita porque, al menos de momento, ningún cuerpo humano y su correspondiente inteligencia han conseguido ser lo suficientemente resilientes para evitar la muerte.

La resiliencia siempre tiene límites.

Resiliencia no es lo mismo que constancia; sistemas muy resilientes no tienen porqué ser constantes, por el contrario pueden ser muy dinámicos. Oscilaciones a corto plazo, brotes periódicos o largos ciclos de sucesión, climax y colapso pueden, de hecho, ser la condición normal en estos sistemas. Por otra parte, sistemas que son constantes en el tiempo pueden ser extremadamente frágiles.

La resiliencia es algo que puede ser muy difícil de ver, a no ser que excedas sus limites y el sistema colapse. Es por eso que la gente normalmente sacrifica resiliencia por estabilidad, productividad o por alguna otra característica más inmediatamente reconocible.

Los sistemas resilientes cuestan menos de mantener, necesitan menos energía y tiempo porque tienen mayor rango de actuación.

Tanto los seres vivos como los ecosistemas naturales son sistemas altamente resilientes. En permacultura es imperativo aprovechar y realzar esta característica, no dañarla. Porque si un agente externo deteriora lo suficiente la capacidad de adaptación de un sistema, éste puede llegar a volverse dependiente del agente externo. A este estado se le conoce como adicción.

Una de las formas más conocidas de adicción en un ecosistema es la de los cultivos adictos a los pesticidas. Un granjero decide aplicar pesticidas para erradicar una plaga de insectos, este pesticida altera el sistema, eliminando tanto insectos beneficiosos como la plaga objetivo. El segundo año, al no existir depredadores naturales de la plaga, esta crece descontroladamente y el granjero necesita aplicar más pesticida que el año pasado. El sistema ahora depende del granjero y de los pesticidas para su supervivencia.

Lo mismo ocurre con los pollos de engorde. Se obtiene mediante selección genética una raza de pollos con un ritmo de crecimiento desorbitado, sacrificando el desarrollo del sistema inmunitario. Esto, unido a las condiciones de cría, hacen que el pollo necesite antibióticos para sobrevivir. Las bacterias crean resistencia y los criadores de pollos necesitan cada vez antibióticos más potentes.

Adicción es encontrar una solución rápida y chapucera a un síntoma del problema, lo que nos distrae de la tarea más complicada que a largo plazo solucionaría el problema real.

Quizá el problema sea el monocultivo y no los insectos. O la cría industrial y no las bacterias.

La adicción se puede evitar de antemano interviniendo de tal manera que se refuerce la capacidad de adaptación del sistema. Eso es lo que debemos buscar en permacultura.

Límites del crecimiento

Como hemos dicho antes, el objetivo de la permacultura es crear abundancia permanente. Un sistema sostenible que maximice la producción de bienestar. Queremos, como diseñadores, que el sistema crezca, que produzca cada vez más, pero siempre habrá un factor limitante. A veces podemos encontrar una nueva fuente de este factor, otras no. Un sistema no puede crecer para siempre.

Nos percatamos antes de los factores limitantes entrantes que de los salientes. La falta de nitrógeno puede ser el factor limitante en nuestro huerto, y necesitaríamos importar o generar más, pero si tuviéramos una granja de cerdos, el exceso de estiércol y su ratio de asimilación por parte del sistema podría ser, en este caso, el factor limitante.

Descubrir relaciones novedosas entre los distintos elementos es una forma de aumentar la productividad del sistema. Debemos unir las salidas y entradas de distintos subsistemas para hacer recircular los nutrientes. Se dice que un recurso sin usar por el sistema es contaminación, y toda contaminación son recursos sin usar. ¿Qué tal reutilizar ese estiércol para producir lombrices con las que alimentar de nuevo a los animales?

Las empresas consiguen un crecimiento aparentemente infinito externalizando costes. Como el de la contaminación que generan.

Observa

Los elementos de un sistema suelen ser las partes más fáciles de identificar porque muchos de ellos son cosas visibles y tangibles, pero no son las partes más importantes. Las relaciones y, sobre todo, el objetivo de un sistema son las partes que realmente lo identifican.

Además, los sistemas se burlan de nosotros presentándose (o los humanos nos engañamos a nosotros mismos por la forma en la que vemos el mundo) como una serie de eventos. Las noticias nos cuentan elecciones, batallas, acuerdos políticos, desastres, crisis o booms económicos. La mayoría de nuestras conversaciones diarias son acerca de eventos específicos ocurridos en un lugar y tiempo específico. Un equipo gana. Un rio se desborda. El IBEX alcanza los 10.000. Una fuente de petróleo ha sido descubierta. Se tala un bosque. Los eventos son la salida, momento por momento, del sistema.

Los eventos pueden ser espectaculares: accidentes, asesinatos, grandes victorias, terribles tragedias. Nos enganchan. A pesar de que hemos visto millones de ellos por la tele o en la primera página del periódico, cada uno es lo suficiente diferente para mantenernos fascinados (igual que nunca perdemos la fascinación por los caóticos cambios climáticos). Es infinitamente estimulante entender el mundo como una serie de eventos, y nos mantiene constantemente sorprendidos, porque esa manera de ver el mundo no tiene ningún tipo de valor para predecirlo o explicarlo. Como la punta de un iceberg flotando en el agua, los eventos son el aspecto visible de todo un conjunto. Pero no siempre es el más importante. Estaríamos menos predispuestos a ser sorprendidos si pudiéramos ver como los eventos se acumulan en patrones dinámicos de comportamiento.

Esta forma de entender el mundo no mejora nuestra capacidad para predecir lo que ocurrirá mañana. No adquirimos ninguna habilidad para cambiar el comportamiento del sistema.

No podemos discutir sólo sobre lo que ocurrió hoy, necesitamos expandir nuestro horizonte temporal. Necesitamos mirar los patrones.

Muchos permaculturistas nos aconsejan no hacer nada (a parte de observar) en nuestro terreno hasta no haber vivido, por lo menos, un año allí. Hasta no haber visto pasar las cuatro estaciones. Es un buen consejo para empezar a descubrir los patrones que siguen las fuerzas que gobiernan el sitio.

El horizonte temporal de facto en la sociedad industrializada no va más allá de lo que ocurrirá en las siguientes elecciones, o más allá de la fecha de reparto de dividendos de las inversiones actuales. El horizonte temporal de muchas familias se extiende más lejos que eso, a menudo hasta las vidas de los nietos o bisnietos. Muchas culturas nativas americanas discutían y consideraban en sus decisiones los efectos que podrían causar en las siguientes siete generaciones. A más largo el horizonte temporal, más oportunidades de sobrevivir.

En un sentido estricto, no hay distinción entre corto y largo plazo. Las acciones que tomamos ahora tienen reacciones inmediatas y otras que radiarán durante decenios. Experimentamos ahora las consecuencias de acciones puestas en marcha ayer y decenios y siglos atrás.

Flexibilidad mental

Para poder aplicar este método, para poder diseñar con éxito, es necesario cierta flexibilidad mental. Esa predisposición a reimaginar fronteras, a percibir cuándo un sistema ha cambiado de modo, a ver cómo rediseñar la estructura. Sin esa predisposición, estamos atrapados en nuestras preconcepciones. Dando palos de ciego, reaccionando alocadamente en lugar de actuar de manera sosegada.

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